Un instante

¿Me habré quedado sordo? ¿Qué hora será? ¿Por qué no se oye nada? ¿No hay viento esta tarde? Los compañeros me dijeron que no tuviera miedo, que con el tiempo a todo se acostumbra uno. Pero el del pelo negro y mirada penetrante, no parecía compartir la misma opinión. Quizás, me he quedado dormido y han preferido dejarme en el patio.

La neblina densa lo envuelve todo, me esfuerzo en querer distinguir algo, casi no sé ni donde estoy, confundido entre muros de silencio por donde apenas se cuela la grisácea luz. Podría estar anocheciendo, o tal vez amanece, ya no lo sé.

No sé distinguir nada, el más leve ruido parece haberse callado para siempre.

Lejos, afuera, en el exterior, imagino el ajetreo diario de la vida en su constante transitar. Recuerdo algunos pasos aprisionando almas, que sueñan con la libertad. Puedo recordar un mundo lejano, tres o cuatro estaciones de tren más al norte, donde se bailaba al calor de las hogueras. A pesar de mi esfuerzo, no puedo orientarme.

Tengo miedo del guardia, todavía, me duele la cabeza por los golpes, y no sé, si podré moverme o gritar. El miedo paraliza mi cuerpo y hasta mis pensamientos, es insoportable esta quietud que me ahoga y me aniquila, hasta reducirme a sombra.

A veces se cuela un poco de luz, un recuerdo mal hilvanado que se desvanece entre el silencio quejoso de querer atraparlo.

¡Cómo me duele todo el cuerpo! No puedo mover ni un dedo. Ni siquiera sé si respiro o estoy muerto. No recuerdo cómo llegué hasta aquí. Evoco empujones, pasos cortos, gente alrededor de mí, después oigo un ruido metálico, veo unos barrotes. Siempre barrotes. Esta imagen me taladra y me hiere; quisiera dormir, dormir para siempre, para no recordar los malditos barrotes.


captura9He sentido pasos, un murmullo de voces, y la risa fresca de un niño, Quizás, alguien me preste auxilio, si pudiera hablar, pero tengo miedo. Miedo de equivocarme y en vez de recibir ayuda, me den un golpe, se me corte el hilo de mis pensamientos.

¿Habrá amanecido ya, o será todavía de noche? ¿Cuánto tiempo llevaré aquí? ¿Unos minutos o una eternidad?

La imagen difusa de los barrotes me hace temblar en mi delirio, las sombras grisáceas entran y salen de mí como estertor de un viento árido. Debe de haber algo de bondad en este mundo, ¿O sólo barrotes y muros?

Hecho de menos a mis compañeros, su ruido salvaje y vivo me hacían sentir bien. Aunque a veces también les temía por sus burlas, a pesar de todo, entre ellos es donde he encontrado algo de comprensión y consuelo

Yo antes era peregrino errante.

En mi refugio, una voz dulce, repetía siempre lo mismo: Tienes que cambiar, tienes que cambiar. Y… mil veces lo intenté y mil veces fracasé. Yo mismo no comprendía, no podía entenderme, por qué, nunca pude vencer la tentación de apoderarme de lo ajeno.

A eso, se le llama robar. ¿Pero cómo vencer esta fuerza, este impulso que me domina? y…Además yo no elegí esta forma de ser.

Le estoy muy agradecido a Modesto, siempre con su guitarra cantando al refugio de la sombra, donde el lamento de una vida hiere el silencio de la tarde, y el latido del pulso se detiene ansiando una nueva vida.

A veces expresaba en su canción el mensaje sincero de su alma, pero al momento lo corregía. No es correcto decir la verdad, y mucho menos tal como se siente. Hay normas para todo, que nadie puede saltarse.

¿Cuánto tiempo tengo, aquí tumbado sobre la arena? Tengo todo el tiempo del mundo. Me gusta soñar con mundos distintos, donde los viajeros van sin prisa hacia otras constelaciones y cada uno elije su camino libre, sin estúpidas normas difíciles de vencer. La evocación de los besos me estremece, a pesar de todo. He amado la memoria de una boca dulce, suave, que se entregaba rendida y cálida a las caricias lentas del furtivo amante. Entonces era cuando intentaba cambiar, y con que ganas y desición lo intenté más de un millón de veces. Pero no sé, que fuerza oculta me arrastraba a la esclavitud continua de seguir por el mismo camino.

Se agolpan los recuerdos sin orden, como fantasmas de un pasado, donde las humildes ventanas se entreabren, y la poca luz choca, con la herida de la vida.

Siento frío, debe ser invierno. Un ruido metálico, y una voz ineteligible, que repite siempre lo mismo: de prisa, de prisa, que se nos va.

Uno me coge la mano, siento su calor y la aprieto con las últimas fuerzas que me quedan. Intento hablar y no puedo. Ya no siento el calor de la mano.

En el patio de una cárcel, una vida quedó suspendida para siempre. Mientras intentaba descifrar sus misterios.

Alejandra.

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