Guerra Eterna: Las ideas del asesino de Noruega

Es sólo un loco. No conviene indagar en los motivos del asesino noruego porque no tienen sentido. Difundir sus escritos sería como dar publicidad gratuita a sus infames pensamientos.

No por repetidos, estos argumentos pierden validez. Son los que se utilizaron durante años para sostener la idea absurda de que el terrorismo sólo existía por la publicidad que recibía de los medios de comunicación. Una completa estupidez, que se fue diluyendo hasta desaparecer por completo después de los atentados del 11-S. A partir de ese momento, ocurrió lo contrario. Las ideas de Bin Laden aparecieron descritas en los medios occidentales con todo detalle. Hasta el punto de que los políticos y periodistas neoconservadores pasaron a considerarlas no las ideas de un fanático, sino un horizonte previsible si no se tomaban las medidas adecuadas.

La ridícula noción de un “califato” yihadista en todo el mundo musulmán preparado para llevar a cabo el asalto definitivo a Europa se convirtió en una amenaza inminente. Sólo así los neoconservadores podían superar el aislacionismo tradicional que comenzó a echar raíces en la derecha norteamericana, una vez que el fin de la URSS dejaba a EEUU sin un enemigo mortal. Era el inicio de una guerra interminable y había que desarrollar toda una nueva estrategia.

Por otro lado, estudiar el mensaje de Bin Laden era un requisito imprescindible por ejemplo dentro de la comunidad musulmana. Si están utilizando tu religión, tu mensaje o tus ideas para asesinar a miles de personas, es imprescindible que alguien se levante y diga que se trata de una manipulación que hay que combatir. Los musulmanes no eran culpables sólo porque Bin Laden dijera que cometía esos crímenes en su nombre. Sí estaban obligados a afirmar en público que ese odio estaba adulterando la idea que supuestamente decía defender.

Con Anders Behring Breivik, se vuelve a la posición de salida. Dicen que es un loco tan carente por completo de humanidad que cualquier análisis de su conducta es una pérdida de tiempo.

El recurso de diagnosticar la locura a cualquier criminal masivo había quedado un tanto desprestigiado tras conocer las consecuencias de la política de Hitler y Stalin. Millones de personas murieron a causa de sus decisiones. Muchos dictadores enloquecen mientras están en el poder, pero como argumento intelectual no ayuda a explicar cómo llegaron a controlar un Estado (pocos locos ganan elecciones o dirigen un aparato estatal enfocado a una sola idea) ni cómo mantuvieron o ampliaron ese poder durante años. El concepto de locura colectiva sirve de forma coloquial para entender lo que es imposible de asumir. Más allá de eso no resiste el más mínimo análisis.

Desde luego que se trata de una estupenda coartada para no hacerse preguntas molestas.

Breivik sólo es una aberración si valoramos su persistencia y dedicación. Durante años, preparó sus planes y los ejecutó con sorprendente paciencia. No se dejó llevar por la ira ni por un arrebato. No salió a la calle armado para matar al primer musulmán con el que se cruzara o a un político de los partidos a los que despreciaba. Afrontemos la realidad. Si todos los terroristas fueran tan metódicos, tendríamos más noticias de su existencia.

El gran éxito de Bin Laden fue dejar que Jaled Mohamed le convenciera de que las personas elegidas para secuestrar y pilotar los aviones no estaban aún preparadas para la operación. Si se hubiera comportado como Hitler en el búnker e impuesto su voluntad, el plan habría probablemente fracasado en parte o en su totalidad. Habría continuado refugiado en Afganistán y habría podido montar otros atentados sangrientos, pero no habría cambiado la historia de la primera década del siglo XXI.

La mayoría de los terroristas termina tomando decisiones idiotas o apresuradas. Son mucho más peligrosos cuando tienen toda la vida para esperar a cumplir su objetivo.

Las ideas de Breivik no son una aberración, a menos que consideremos insólito y sorprendente lo que llevamos años leyendo en muchos medios de comunicación, lo que dicen los ‘expertos en terrorismo’ que aparecen en Fox News o lo que escuchamos en los programas de algunos partidos extremistas que han conseguido representación parlamentaria en Holanda, Finlandia, Suiza y otros países europeos.

Sólo era un ultraderechista obsesionado por la idea de pureza racial y cultural, que odiaba a los musulmanes, marxistas y personas de otras razas. Era un fundamentalista cristiano, pero no porque compartiera el mensaje de ninguna iglesia cristiana, católica o protestante, ni fuera un devoto creyente, sino porque asociaba el cristianismo a un supuesto pasado idealizado en el que Europa era blanca, cristiana y encerrada en sus fronteras nacionales. Odiaba a los socialistas al considerarlos una quinta columna del enemigo y despreciaba a los conservadores por considerarlos demasiado moderados.

¿De verdad nunca hemos oído a nadie emplear algunas de estas ideas?

El único concepto en el que Breivik camina solo entre sus pares de la extrema derecha es su sionismo y apoyo a Israel. Casi todos los ultraderechistas europeos comparten con entusiasmo el antisemitismo de sus antepasados. Pero en EEUU muchos defensores de una teocracia cristiana, sobre todo en las iglesias evangélicas, son grandes partidarios de Israel, aunque sólo sea porque lo ven como una confirmación de sus teorías mesiánicas del fin del mundo, momento en el que todos los judíos se convertirán a la auténtica fe (un detalle ante el que los gobiernos israelíes prefieren mirar hacia otro lado).

Algunas de esas ideas lo colocan en un extremo muy alejado del discurso político, pero otras muchas se han utilizado de forma frecuente en EEUU desde 2001 y están cada vez más extendidas en Europa.

Es hora de despertar y de combatir el odio que algunos están alentando en nuestro nombre.

Guerra Eterna: Las ideas del asesino de Noruega.

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