Jóvenes amantes en el tren (de Luxemburgo a Amberes)

Hice un viaje de fin de semana a Luxemburgo por mi cuenta el cual duró cinco horas en tren.

El paisaje fuera de la ventana me dejó sin aliento. Eran árboles tras árboles, colinas junto a colinas, un polder verde tras otro, flores silvestres de todos los colores y, sobre todo, un cielo azul cobalto lleno de grandes nubes flotantes. Las vacas y las ovejas se quedaron quietas, mientras que todo se movía en una transición horizontal hacia el pasado. De vez en cuando, algunas austeras casas se alzaban en los campos, parecían vacías pero no abandonadas.

El tren corría solo en la naturaleza, mientras yo estaba sentado solo en el tren.

El tren estaba casi vacío. Las pocas personas a bordo incluían una pareja joven sentada al otro lado del pasillo. Estaban susurrando en un idioma que no logré identificar. Se sentaron cara a cara en la misma postura, colocando los codos uno junto al otro sobre la mesita y apoyando sus cabezas con ambas manos. La chica tenía una coleta y el chico teñia parte de su cabello dorado.

Al principio ambos miraban por la ventana. El chico señaló algo y la chica comenzó a reírse. Luego la miró y acarició suavemente su pelo para llamar su atención. Se miraron cara a cara y susurraron el discurso del amante. Por un momento, no se dieron cuenta de la hermosa vista del exterior, del observador silencioso sentado cerca, de los ruidos del viejo tren. Construyeron su propio mundo, un mundo momentáneo que ardía fervientemente en su interior, pero que era insensible a todo lo que había afuera.

Seguí cayendo dentro y fuera de los sueños durante esas cinco horas. Cuando me desperté por completo, ya se habían ido, llevándose consigo el mundo de los enamorados y sin dejar nada atrás para los solitarios entre los demás.


Texto anónimo

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