La belleza del mal: hombres abominables, artistas geniales

El escritor y músico Xavier Güell coordinará entre finales de enero y abril el curso ‘La belleza del mal’, en La Casa de las Alhajas, en Madrid, organizado por la Fundación Montemadrid.
En él se analizará la vida y obra de Caravaggio, Marlowe y Gesualdo: tres revolucionarios en el mundo de la pintura, literatura y música, respectivamente, que fueron conocidos en su época por sus comportamientos abominables, asesinatos incluidos.
‘Judit y Holofernes’, de Caravaggio.

‘Judit y Holofernes’, de Caravaggio.

El ser humano es un animal complejo en el que un mejunje de contradicciones y dicotomías chocan entre sí constantemente. Un ser difícil de definir, ya que sus pensamientos y actos no siguen una única autopista, sino más bien se bifurcan en múltiples carreteras secundarias que su cerebro va empleando en función del momento. Esto ha llevado, y sigue llevando, a que a lo largo de la historia se den continuamente casos en los que un ser humano puede construir lo más bello y cometer el acto más execrable al mismo tiempo, a que en él se aúnen la luz más pura y la oscuridad más turbia simultáneamente. Al enfrentar estas dos contraposiciones, brota automáticamente una pregunta: ¿hay que emparejar siempre la vida con la producción artística de los autores? Esta cuestión es la que intenta resolver el curso La belleza del mal, organizado por la Fundación Montemadrid y dirigido por el escritor y músico Xavier Güell. Tendrá lugar en La Casa de las Alhajas, en Madrid, entre enero y abril. En él se analizará esta temática a través del estudio de la vida y obra de Caravaggio, Marlowe y Gesualdo: tres revolucionarios en el mundo de la pintura, literatura y música, respectivamente, que fueron conocidos en su época por sus comportamientos abominables.

La respuesta de Xavier Güell ante la pregunta es clara: “El arte no tiene una dicción moral”. Y prueba de ello es que a lo largo de la historia son múltiples los casos que se han dado bajo estas circunstancias. El artista es una persona más con sus miedos y discordancias cuyo trabajo es reflejar el alma de los seres humanos, en la que “conviven lo mejor y lo peor, las luces y las sombras, el sufrimiento más atroz y el gozo más exaltado”. Por ello, son los buenos autores los que consiguen reflejar esta contradicción en sus obras, los que muestran esta doblez existente en el ser humano. Obras fácilmente reconocibles ya que en ellas hay cosas que “chirrían, que no son armónicas entre la vida que llevó el artista y la belleza que pudo crear”, sostiene Güell

Y es que estos artistas, Caravaggio, Marlowe y Gesualdo, no han sido seleccionados al azar. Los tres nacieron en la segunda parte del s. XVI y tienen en común que rompieron con la estética de su tiempo “lanzando una flecha hacia el futuro”. Pero las uniones entre estos artistas van más allá: todos ellos también cometieron actos execrables. El ejemplo del pintor Michelangelo Caravaggio quizá sea el más representativo, ya que llegó a asesinar al menos a dos personas y era conocido por su carácter extremadamente violento. Tanto es así que fue perseguido durante toda su vida por la justicia. “Fue casi más conocido por sus fechorías que por su propia obra”, sintetiza Xavier Güell. Sin embargo, también fue uno de los grandes precursores del arte moderno, gracias al uso único del claroscurismo. “Al admirar su pintura parece que nos hemos pegado un chute de mezcalina”, apunta Güell. Sus obras tienen la característica de introducir al que las mira dentro de ellas, de que forme parte del conjunto, por lo que funcionan como una “ayuda a la hora de entender la propia alma y sus contradicciones, pero también la de los demás”.

Por su parte, Christopher Marlowe es definido por el director del curso como “un revolucionario en el teatro de su tiempo tras la introducción íntegra del verso blanco, es decir, sin acentos, a partir de su obra Tamerlán el Grande”. Esto hizo que el teatro del s. XVI cambiara de manera drástica, ya que su prosa “era un torrente de verbo y poética absolutamente formidables en aquella época”. Pero esta vida de escritor la alternaba con una turbulenta de doble espía. Se caracterizaba por tener una personalidad muy subversiva y la ejemplaridad no siempre lo acompañaba. Ligado a todo esto hay una teoría que dice que no murió en un enfrentamiento con otro espía a la edad de 29 años, sino que se reencarnó tras un fingido asesinato en la piel de Shakespeare. Esta hipótesis cobra fuerza cuando se leen las obras de los dos autores y se perciben las muchas similitudes que se hayan en sus escritos. Tal como apunta Xavier Güell, “el inglés antes de Shakespeare y de Marlowe era un idioma rudo, sin desarrollar”; tras la aparición de estos dos escritores, “se convirtió en algo espectacular.” “Cuando Marlowe pretendidamente muere, ambos tienen 29 años. Éste había escrito seis obras maestras, mientras que Shakespeare ninguna. Además de que nunca se encontró el cuerpo del primero”, puntualiza.

Carlo Gesualdo, conocido como el Príncipe de Venosa, fue uno de los mayores compositores de su época que, como apostilla Xavier Güell, “dio comienzo a lo que hoy conocemos como la música moderna”. Tanto es así que aunque entre sus contemporáneos no fuera reconocido, su forma de entender este arte no sería recuperado hasta 400 años después, de la mano de Strauss o, ya en el s. XX por Stravinski. “Esta manera tan poderosa de adelantarse a su tiempo es lo que le ha llevado a ser considerado como uno de los grandes compositores de la modernidad”, apunta Güell. “Una manera de adelantarse en el tiempo que se puede apreciar en sus siete libros de Madrigal, pero sobre todo en sus Reponsos de Tinieblas, donde hay un encadenamiento armónico a través de acordes sorprendentes”. Pero tras este genio musical se escondía un homicida compulsivo: no sólo asesinó y descuartizó a su prima-hermana y mujer y a su amante tras descubrirlos, sino que también trataba a su segunda mujer “con muchísima violencia y crueldad”.

Aunque los artistas elegidos vivieran hace 500 años, se trata de un tema de absoluta vigencia. Prueba de ello son los abusos y violaciones que se han cometido impunemente en Hollywood en los últimos años y que se han conocido hace pocos meses. O, por poner nombres propios, un ejemplo claro es el cineasta Roman Polanski, quien drogó y violó a una adolescente de 13 años, pero que ha sido capaz a lo largo de su carrera de dirigir películas tan reconocidas por la crítica como Repulsión y Chinatown. Por desgracia, son múltiples los deplorables sucesos que se han dado a lo largo de la historia y que están enraizados en todas las disciplinas.

Entonces, conocedores de estos casos, ¿por qué exigimos a los artistas una vida ejemplar? Güell no muestra dudas: “Creo que partimos de una idea equivocada al hacer esa pregunta, ya que en los artistas conviven las luces y las sombras igual que en el resto de humanos”. Una exigencia que a día de hoy se ha visto aumentada con motivo de las redes sociales, que obligan a toda persona reconocida a vivir de manera puritana. Según Güell, “este tipo de actos siempre ha sido igual, pero la pregunta que debemos hacernos es en qué medida han de tener proyección paralela la vida personal y la obra, y en qué medida debemos tener en cuenta los excesos de esas vidas para valorar la obra”. Dos preguntas políticamente incorrectas que se enfocan desde el s. XVI, pero que pondrán contra las cuerdas al que las intente responder en la actualidad.


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